Skip to main content

En Islandia, la mitología y la tradición están repletas de ejemplos de la importancia de los ciclos naturales para los antiguos gaélicos, pero también para los islandeses actuales.

La mayor parte de las culturas del mundo se han labrado siguiendo los hilos de la naturaleza. Nuestros antepasados más primitivos sabían bien que solo ella mandaba, y así nació el tiempo, los calendarios, las posibilidades y creencias, los ritos y festividades. A la naturaleza se la sentía en todo momento, y ese sentir se articuló como forma de vida. Existir a través de ella era la única forma de existir. Sin embargo, lo natural iba mucho más allá de lo palpable, alcanzando lo sobrenatural y lo marcial.

Es por ello que desde los albores de la humanidad, los espíritus de la naturaleza han sido tema de estudio y fuente de diversas controversias. En la mitología clásica, por ejemplo, los elementales son seres que habitan en el plano astral y rigen y coordinan cada elemento.

Existieron en todas las culturas y cosmogonías, representados como seres reales que forman parte de los orígenes de la tierra, no como un mito o un cuento: ondinas, elfos… Con emociones muy humanas. De hecho, y de manera idéntica, los elementales fueron representados por pueblos tan distantes como los sumerios, los caldeos, los egipcios, los chinos, los pueblos indígenas de África, Polinesia y América.

Un ser extraño y gigantesco

El interés por estos seres se acrecentó durante la Edad Media y el Renacimiento, cuando los alquimistas buscaban conocer los secretos de la naturaleza para poder controlar sus fuerzas. Sin embargo, hay un lugar donde eso parecía imposible. En Islandia, la mitología y la tradición están repletas de ejemplos de la importancia de los ciclos naturales para los antiguos gaélicos, pero también para los islandeses actuales.

En estos días de invierno, un cuento popular vuelve con el viento, como un recuerdo. Un ser extraño y gigantesco observa, dicen, desde el cielo sobre la localidad de Miðnes. Tiene forma de nube, pero la fuerza de una criatura consciente. La llaman Loftandi.

La leyenda de esta criatura comenzó una noche de mediados de 1846. Un comerciante llamado Sigtryggur Sigurðsson caminaba entonces de vuelta a casa. Debía atravesar la línea de playa desde Húsavík cuando, de repente, vio que se acercaba algo extraño por las alturas. Una gran criatura humanoide de un tipo que nunca había visto corría hacia él desde el mar. La historia cuenta que Sigtryggur se asustó y corrió hacia un montículo cercano, recogiendo una rama para defenderse de la criatura, que rápidamente se le echó encima y lo atacó con saña. Así lo recuerdan desde el Museo de los Seres Ocultos en su libro A Guide to Icelandic Creatures of Myth and Legend.

Los inviernos islandeses y la fantasía

Parecido a un gran banco de nubes, aquella cosa se movió por el cielo con rabia hasta alejarse. Mientras lo hacía se escuchaba un fuerte ruido, «como el de un gran barco arrastrado por la grava», apunta James Slaven, que llegó a muchas poblaciones cercanas como Suðurnes, Grindavík y Keflavík, entre otras. Desde entonces, el relato corrió de boca en boca hasta que décadas más tarde apareció en el libro de folclore islandés titulado Þjóðtrú og þjóðsagnir. En gaélico, loftandi significa «como el aire», es decir, el «espíritu del aire».

En Islandia, los terremotos, las condiciones climáticas extremas representan constantemente una amenaza muy real y tangible. Antes de que la electricidad se instalara en los hogares, los inviernos eran tan largos y gélidos que refugiarse de ellos era un deber. Durante tantas largas y oscuras noches, los cuentos se convirtieron en la mejor compañía. La fantasía se hizo la principal forma de entretenimiento, y cada región hilaba sus propios cuentos y leyendas que se han transmitido de generación en generación a lo largo de los siglos.

Desde Lyngbakur, un gigante devorador de ballenas que se disfraza de isla, hasta los famosos trolls del día y la noche, el folclore islandés está plagado de innumerables historias de estos espíritus fantásticos que, a diferencia del prototipo de divinidad o criatura mágica que tomaron forma en otros pueblos, siguen reflejando los paisajes naturales únicos en los que residen.

Con el tiempo, la creencia se ha ido articulando hacia la ciencia, y Loftandi se explica como una nube de ceniza volcánica. Después de todo, el país tiene varios volcanes activos como el de Grímsvötn, Krafla, Katla o el de Hekla. Los cambios de color con la que la leyenda describe a esta criatura coinciden con los que cualquier nube volcánica podría experimentar. Además, una pequeña erupción o un evento sísmico también podría explicar aquel ruido con el que se le asocia. Recomendado por Los españoles nacidos entre 1954 y 1982 pueden evitar gastos funerarios desorbitados